UN TRIPLETE PASADO POR AGUA

UN TRIPLETE PASADO POR AGUA

Quizás este título no haga justicia a todas las emociones que viví aquel día, pero pensando, me ha parecido el más curioso. Puede parecer que alude a un día lluvioso, pero más adelante comprobaremos que no tiene nada que ver…

Era un día de diciembre de 2015, y todo comienza como siempre, sentado al lado de mi padre mientras conduce, esta vez por las curvas que conectan las pequeñas aldeas de Fuente Obejuna, una carretera que nos conocemos de sobra. Estaba oscuro, pero no porque hubiésemos madrugado más que el Sol, sino porque pasaríamos la noche en una casa rural, para ahorrarnos el largo viaje por la mañana. Tras algo más de una hora, llegamos a La Cardenchosa, una pequeña aldea en la que apenas se aprecia vida, excepto en el bar de la entrada, “El Chori”. Tras subir las estrechas calles de cemento llegamos a la casa rural “Doña Verónica”. Ya hemos pernoctado muchas otras veces en esa casa, yo siempre la recuerdo por el precioso ventanal de la planta superior, que por el día la llena de luz y permite disfrutar una increíble vista a los campos verdes que rodean la aldea. Dejamos el equipaje en nuestra habitación y salimos, muy abrigados, hacia la casa-restaurante de Florencio, que siempre nos atendía muy bien (se jubiló hace poco). Allí nos encontramos con los que serían nuestros compañeros durante el fin de semana, dejadme introducirlos. El primero es Paco Casero, un gran amigo nuestro. Es veterinario, y sin duda es también una de las personas que más me ha enseñado sobre el campo. Además, gracias a su invitación cazaríamos el siguiente día. También estaba Alberto Villarubia, otro gran amigo, y también compañero en otros días de caza. Otro amigo es Jaime Cortecero, aunque a él lo vemos menos ya que vive en Madrid, también lo apreciamos mucho. Y por último Rogelio, era guarda en la Alhondiguilla y trabajaba con Paco, y nos acompañaría también en el día de caza. Florencio sacia nuestra hambre con un gran filete de lomo acompañado por patatas para cada uno. Nos tomamos algo para digerir la comida y nos volvemos no muy tarde a la casa, pues siempre nos gusta estar lúcidos por la mañana.

 Al alba, me despierta mi padre, había llegado el día de la montería, y los nervios iban acrecentando. Con tranquilidad me aseo en el baño, me visto, me pongo los pantalones de pana, la camisa, me anudo la corbata y me pongo el jersey y bajo las escaleras listo para disfrutar de un gran día, y es que, la finca que íbamos a montear aquel día siempre me había brindado jornadas inolvidables. Cargamos el coche y partimos. Un minuto más tarde entramos en la pista, una pista que he recorrido en innumerables ocasiones para dirigirme a una u otra finca de la zona, y que también me produce magníficos recuerdos. Pasamos por fincas como La Carrasquilla, Los Membrillos o Los Lagos de Carboneras. Nos desviamos a la izquierda, comienza lo bonito. El carril transcurre junto a un profundo barranco, y las vistas son espectaculares, a pesar de haber hecho esa travesía más de una vez, siempre me quedo anonadado con el paisaje. Comienzan a verse también pinos, y hay algo en mí que cada vez me produce más inquietud, no puedo evitarlo. Al fin llegamos, leo el cartel que reza “La Aguja”. Permítanme hacer un paréntesis en la historia para explicar mi relación con esta finca. La Aguja está situada al norte del Bembézar, y por ella discurre el río Benajarafe. El río hace que el entorno sea cautivador, impactantes barrancos que caen a él, zonas con pinos, preciosas zonas adehesadas… pero sin duda la zona que más me gusta de la finca es el carril que va por encima del río, el carril en el cual mirando hacia arriba ves el sol deslumbrando a través de los árboles y si miras hacia abajo lo ves reflejado en el río. Desde ese carril, un día de enero de 2014 fue la primera vez que apreté el gatillo de mi 308, y abatí mi primera pieza, un joven venao de ocho puntas. Esto obviamente me unió a la finca para siempre, y creo que no pude escoger mejor lugar para bautizarme como cazador. Ese día quedé prendado de la belleza de La Aguja, y cada vez que entro a la finca se produce en mí una sensación inexplicable. Una vez más esa sensación comenzaba a recorrer mi cuerpo. Entramos a la finca por la parte de arriba, allí sería la junta. Me encanta disfrutar de las migas contemplando el lugar desde aquel punto, uno de los más altos de la finca. Una vez terminado el desayuno se realizó el sorteo, el cual a nosotros no nos afectaba porque íbamos a puesto de propiedad invitados por nuestro amigo Paco. Se dan las instrucciones, rezamos y comienza la jornada. Aquel día no se monteaba la parte del río, aunque también me complacía la mancha que se se iba a dar. Nuestros puestos estaban en una zona de pinos, bastante cerrada. Esa frondosidad me incitó a desmontar el visor el año anterior, lo que me hizo fallar un venao. Ese año no caería en el mismo error, por muy cerrado que fuera el puesto estaba decidido a quedarme con mi visor. Paco nos puso en un puesto que tenía un pequeño pantano. Sabía que el año anterior no se mató nada en aquel puesto, pero confiaba plenamente en él.

 Nuestros vecinos de puesto eran Rogelio y Jaime. Aparcamos el coche y afloran los nervios. Como siempre, mi padre me mete prisa para cargar el rifle, siempre me ha enseñado que es lo primero que hay que hacer al llegar al puesto. Lleno el cargador y pongo el seguro. Una vez cargado el rifle ya nos podemos ocupar de otras cosas. Abrimos los catres y cogemos los zurrones. El trípode lo dejamos en el maletero, ya que el puesto era muy corto como para usarlo, aunque de todos modos a mí no me gusta usarlo en ningún puesto.

 Nos sentamos unos minutos, aunque inquietos porque éramos conscientes de que ya había que estar alerta en todo momento. Escuchamos el primer trotar y tiros en el puesto de Rogelio, y nos levantamos como un resorte. El trote se acerca y aparece entre los pinos una piara de muflonas. Mi padre me susurra: “espérate, puede que vengan los muflones detrás”. Haciéndole caso, espero unos segundos que se hacen eternos, y se vuelve a hacer el silencio. Parece que las muflonas iban solas. Minutos después se comienza a oír el maravilloso sonido que producen las furgonetas sufriendo un bache tras otro en el carril mientras ladran los perros que porta en su interior, faltaba poco para la suelta. Al fin, a lo lejos comienzan a escucharse las primeras ladras de los perros persiguiendo reses. No mucho más tarde, escuchamos la primera ladra cerca. No hay nada que me pueda poner más nervioso que escuchar a los podencos volviéndose locos a pocos metros de nuestro puesto. La ladra se acerca y comenzamos a escuchar un fuerte galope, parecía de varios animales. Efectivamente, al segundo comienzan a cruzar ciervas entre los árboles a unos ochenta metros. Me encaro y pasa rápidamente un venao. Disparo antes de que se me pierda de vista, pero supe que no le iba a alcanzar. Rabia. La rabia comenzaba a invadirme. Se apodera de mí cada vez que fallo una res, y mucho más si es macho. Mi padre se ríe. Sé que quizás es algo que me falta para llegar a ser un gran montero, la madurez para comprender que es normal fallar y que es lo que me hace aprender, pero aún así no puedo contenerlo, y me paso el resto del tiempo dándole vueltas al lance, enfadado conmigo mismo. Lo único que puede hacer que se me pase es contrarrestarlo con una res abatida, así que solo quedaba esperar. El tiempo pasa y nuestra armada se tranquiliza, pues ya habían pasado los perreros. El enfado se me va olvidando poco a poco, en parte gracias también al salchichón que me había ofrecido mi padre, aunque sabía que para olvidarlo completamente necesitaba esa dosis de adrenalina que me produce hacerme con un animal.

 Mi padre y yo estábamos relajados, y de pronto comenzamos a escuchar un trote, que atrajo nuestra atención inmediatamente. Silencio e inquietud por saber de que se trata, cuando asoma un venao tranquilo, y comienza a bajar dirección al pantanillo. Mi padre me dice: “ahí lo tienes”. Me encaro, lo meto bien en la cruz y disparo. Le alcanzo el codillo y comienza a caer. En ese momento, mi padre al ver que se mueve decide rematarlo, y la fuerza de su 300 hace que el venao pegue un brinco y caiga muerto al pantano. Comenzamos a reírnos por lo surrealista de la situación, abatimos una res y muere bajo el agua, sin duda un hecho digno de contar como anécdota. Como siempre, mi padre y yo nos abrazamos, y le pregunto: “¿Para qué intentas rematarlo? Estaba a punto de morir.” A lo que me respondió: “Ha sido un impulso”. Seguimos riéndonos, hasta que volvemos a centrarnos, los perros estaban a punto de volver y había que estar atentos.

A su vuelta, los perros comenzaron a ladrar detrás nuestra, y la ladra comenzó a acercarse. Una vez más, comienzo a sentir los nervios y me pongo de pie. Al igual que antes, pero en dirección contraria comenzaron a cruzar ciervas por nuestro puesto, y otra vez, salió el venao detrás. Esta vez no podía fallar. Me encaro rápidamente y aprieto el gatillo. El venao cae. La mañana que comenzó con un sabor amargo para mí se tornaba en pocos minutos en uno de los mejores días de caza que recuerdo. El venao era bonito, de once puntas, y había caído cerca del puesto. Esta vez era la alegría la sensación que se producía en mí, y en mi padre, que se llena de jolgorio cada vez que consigo hacerme con una pieza. La felicidad de ambos hace que cada lance se disfrute enormemente. Me toma unos minutos asimilar el momento y otra vez se escucha un trote. Esta vez entraba a nuestro puesto una cierva, y mi padre y yo nos percatamos de que tenía un tiro en los cuartos traseros. Obviamente decido rematarla, me causa dolor y tristeza ver a los animales sufrir, así que me encaro y disparo. Nada más disparar veo cómo caen sus intestinos. Mi tiro había sido en el estómago. Rápidamente acerrojo y disparo otra vez para matarla cuanto antes, esta vez sí impacta en el codillo. Cae al suelo, pero vemos que aún sigue viva, así que nos acercamos para rematarla con el cuchillo. Hicieron falta varias puñaladas para que el animal dejara de agonizar. No entiendo como pueden aguantar tanto. Sin duda este lance también quedará en mi recuerdo, siempre es desagradable ver cómo un animal padece hasta ese punto. Volvemos a nuestro sitio, ya un poco más relajados, puesto que faltaba poco para que comenzasen a sonar las caracolas llamando a los perros de vuelta. No obstante, mi padre y yo siempre estamos pendientes hasta el último momento, cuando menos te lo esperas salta la liebre… Y así fue. De nuevo escuchábamos ladridos muy cerca nuestra, y pronto rompió otro venao en nuestro puesto, que a la desesperada saltó al pantano para huir de los perros. La imagen era espectacular. Me encaro el rifle y mi padre me dice: “espérate a que llegue a la orilla, que bastante tenemos con un venao sumergido”. Así hice, en cuanto sacó las manos del agua, le disparé al codillo, con la gran suerte de que se desplomó para atrás, y cayó… ¡Al agua! ¡No nos lo podíamos creer! ¡Dos animales que caen al agua tras ser cazados! Incluso escribiéndolo hoy me cuesta pensar que nos ocurriera eso. Con una mezcla de incredulidad y una alegría inmensa, mi padre y yo nos abrazamos una vez más, sellando así un puesto que quedaría para el recuerdo. Las caracolas sonaron y los coches comenzaron a dejar sus puestos. Marcamos las reses (Las que pudimos, ya que dos estaban bajo el agua), recogimos y nos subimos al coche. Paramos en el puesto de Rogelio para preguntarle cómo le había ido, y nos señaló al carril. Tenía puestos cuatro muflones en fila. En ese momento me acordé de las muflonas que nos entraron solas, y pensé “Rogelio, podrías haber dejado alguno”, pero bueno, no me podía quejar. Llegamos a la junta, que era en la preciosa, pero algo dejada casa de la finca. Mucha gente me felicita, y yo no podía sentirme mejor, aunque es cierto que pensaba en los dos venaos que se encontraban en el pantano, me intrigaba saber si iban a poder sacarlos. Poco después de comernos un reconfortante cocido, Paco nos comunica que habían conseguido recogerlos, lo que me alivió bastante. Nos despedimos temprano, ya que el viaje era largo, pero no nos marchamos sin antes pasar por la junta de carnes y entregar los trofeos al taxidermista. Nos montamos en el coche y ponemos rumbo de vuelta a casa, tras un día frenético. Al pasar por aquellos imponentes barrancos yo miraba por la ventanilla, y supe que aquel día iba a quedar en mi memoria por siempre.

 

FIN.

 

Espero que hayáis disfrutado de mi relato, pronto volveremos a estar juntos en el campo. Mucha fuerza para estos días.

¡Viva la caza y viva España!

Manolo Fdez. de Henestrosa

Nota de NH: Manolo, sorprendidos por el vasto vocabulario Montero que has utilizado en el relato, auténticas expresiones y vocablos que podrían salir de la boca del Montero más veterano. Podría estar sacado literalmente de una crónica de la mejor publicación cinegética . Te felicito porque sabes apreciar y disfrutar de la cantidad de vivencias que experimentamos en una jornada de caza, la noche de antes, la escucha en la chimenea de una buena conversación, el amanecer, el paisaje, los sonidos del campo. Además como buen aficionado, tienes tu zona de caza predilectas por experiencias vividas, todos le tenemos un cariño especial a una finca o sierra concreta. Te damos las gracias por el relato, por haber participado y por el triplete. Un fuerte abrazo y viva los aficionados jóvenes como como tú,  que hacéis un poquito más grande a NH.

1 COMENTARIOS

  1. Anabel Mialdea Lozano
    abril 28, 2020 15:35 Responder

    Felicidades por el relato,me ha acercado a tantos momentos vividos que los recuerdos llegaron a emocionarme,un abrazo grande de una montera vieja.

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